Pasaba por el parque cuando de pronto en una de las bancas vi un paquete...
Era poco usual hallar objetos sin dueño en 1816, sin embargo allí estaba, a la
espera de alguien.
Ya era tarde, en aquel parque solo estábamos yo y las hojas que el otoño arrancaba
fervientemente de los árboles ya sin vida, retorcidos entre sí mismos. El
viento llevaba y traía las hojas, hizo posar una sobre la caja e inmediatamente
supe que tenía que ser mía.
Me senté al lado de ella, las bancas viejas chillaban ante el contacto de un
peso extra. Rápidamente pude captar un extraño olor, de aquellos que te
hostigan pero te dan curiosidad de oler una vez más; un aroma fétido, a supresión
de vida, a muerte; no me costó acostumbrarme, fue inmediato, me era muy
familiar.
Me dio miedo tomar la caja, un enjambre de moscas lo rodeaba y al paquete se
le veían manchas de color escarlata, unas más oscuras que otras. En cuanto la
puse entre mis piernas y mis manos tocaron su cartón, capte humedad, la caja no
era del todo sólida, era como moho, sentía que el objeto me robaba el alma, sin
embargo el sentimiento era soportable.
Junto con el atardecer llegó Elena, mi prometida, sus ojos eran enormes
vacios, tan oscuros y consoladores, contrastando con el cielo gris y nublado
del día de hoy. Su vestido se encontraba rasgado en las orillas, lodo acumulado
en sus botas y labial corrido por toda su mejilla que era cubierto por algunos
mechones sueltos de su imperfecto peinado, casi podía ver una lágrima resbalar
por su tez. Se sentó al lado mío, de nuevo el chirriar de la banca, después de
eso solo silencios, ambos observamos el atardecer y cuando el sol se ocultó y
el manto negro de la noche nos cubrió, sus labios comenzaron a moverse, musitando
un vago deseo. Un grito ahogado de la caja basto para detener el espacio a mí
alrededor; Elena dijo: Como desearía; y los cuervos que iniciaron su vuelo se
paralizaron en pleno aire; Elena dijo: que el día comenzara de nuevo; y la
estrella fugaz que navegaba al lado de la luna detuvo su trayectoria. Pareció
haber sucedido en un chasquido, el sol que hace rato se marchaba frente a mi
ahora se asomaba por el Este, y Elena que al lado mío lloraba había
desaparecido.
No entendí nada, pero di crédito a la caja en mis piernas, que se retorcía
ligeramente para volverse en un tono verde, como el verde que adoptan las
plantas al marchitar.
El día había dado marcha atrás, pero las nubes sobre la tierra seguían
grises, dando al lugar el aspecto del día del juicio, inclusive del reino de
Hades... Maravilloso.
El cielo comenzó a llorar y yo seguía sobre aquella banca de madera viendo
como gota tras gota el tiempo avanzaba, una tras otra chocaban contra el suelo,
las patas de los caballos débiles que jalaban los carruajes se hundían en los
charcos y las carrozas brincaban entre el empedrado.
A la caja y a mí no nos importaba mojarnos y ambos vimos entre la niebla a
una anciana que traía el delineador corrido, luciéndola mas demacrada de lo que
debería estar, se sentó al lado mío y sus labios marchitos se movieron.
-Un futuro con él me asusta, no sé qué hacer con la belleza de su juventud.-
Comenzó a decir.- Hubiese deseado no habérmelo encontrado aquella noche.- La
anciana desapareció y la caja sobre mis piernas comenzó a verse igual de
marchita que el rostro de la señora.
Esperé todo el día hasta que Elena regresara con el atardecer, estaba igual
de desaliñada que antes, le habían tomado el cuerpo mientras su alma trataba de
buscar un mejor lugar. Su ropa estaba más rasgada que la primera vez, casi podía
ver su piel. Se sentó al lado mío y comenzó a rezar.
-¿Porqué permites que yo sea castigada de esta forma? Desearía que este día comience
de nuevo.
Esta vez, su deseo no se cumplió, un torrente de aire se acercó y la rodeo,
ella no se dio cuenta de nada sin embargo yo tuve que salir de allí pues casi
no podía respirar, y como cera al fuego Elena comenzó a derretirse, ella no
sentía nada y pronto la caja se la trago dando marcha atrás al día.
Todo fue tan rápido, la lluvia, el caballo y de nuevo la anciana, se sentó y
replicó lo dicho anteriormente, le sucedió lo mismo que a mi pobre Elena, la
caja absorbió hasta la última gota de su vida, solo quedaron sus ropas, la caja
parecía nueva, sin manchas escarlatas ni enjambres de moscas.
La tome y pise con todo mi amor maltrecho hacia mi ahora muerta prometida,
fue en vano, porque a la caja no le sucedió nada, fue cuando desee no haberme
topado con ella y solo basto un segundo para que esta se posesionara de mi
cuerpo.
Tal vez, como a Elena y a la anciana yo ya había deseado no toparme con la
caja y sin darme cuenta había llegado al mismo final... Aunque claro, es un tal
vez.